Comentarios a la Guerra de las Galias. Libro Uno. Capítulos 11 a 20. - Profe de Letras

📅 02/10/2026

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Los Helvecios ya habían

hecho pasar a sus tropas a través de penurias y por las fronteras de los

Secuanos habían llegado a las fronteras de los Heduos y empezaban a poblarlas.

Los Heduos, puesto que no podían defenderse de ellos por sus propios medios, envían legados a César

para que pidan ayuda: “desde siempre según el pueblo

romano había méritos de

que, en presencia de vuestro ejército, no sean devastados nuestros campos,

nuestros hijos no sean llevados a esclavitud y de que las ciudades no sean expugnadas”.

En este mismo tiempo, los Heduos

Ambarros, aliados y consanguíneos de los Heduos, hacen sabedor a César de que,

una vez despoblados los campos, no se rechazan fácilmente de las ciudades la

fuerza de los enemigos.

Igualmente, los Alóbrogues,

que tenían pueblos y otras posesiones tras el Ródano, se retiran en

fuga hacia César y le enseñan que, excepto la tierra, nada les resta.

Movido por estas razones, César

decide que no debe esperar, puesto que habían exterminado la

dicha de los aliados, hasta que los Helvecios hayan llegado hasta los

Santones.

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Estaba el río Saona, que a

través de las fronteras de los Heduos y de los Secuanos confluye con

el Ródano con increíble lentitud, de modo que no podía ser juzgado con los

ojos hacia cuál de las dos partes

fluía. Los Helvecios lo cruzaban tras juntar sus balsas y sus

barcas.

Cuando, a través de sus

exploradores, César es hecho sabedor de que ya los Helvecios habían hecho

cruzar el río a tres partes de las

tropas, y la cuarta parte les quedaba cerca del río Saona, tras salir de los campamentos con sus tres

legiones durante la tercera vigilia, llega a aquella parte, para que de ningún modo crucara el río. Tras agredirlos, cargados y

desprevenidos, mata a gran parte de ellos; los restantes se

confían a la fuga y se esconden en los bosques cercanos.

Este pago se llamaba Tigurino;

pues la ciudad de Helvecia por completo estaba dividida en cuatro pagos. Este

mismo pago, tras salir de casa, había matado al cónsul L. Casio

en tiempo de nuestros padres y había hecho miserable a su ejército

bajo su yugo.

Así, ya sea por la casualidad, ya sea por designio de los dioses inmortales, aquella parte de la ciudad de

Helvecia había llevado una insigne calamidad al pueblo Romano y ella pagó

totalmente la pena en primer lugar.

En este asunto, César vengó no

solo públicas, sino también injurias privadas, puesto que los Tigurinos habían

matado al abuelo de su suegro L. Pisón, el legado L. Pisón, en la misma batalla

en la que a Casio.

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Terminada esta batalla,

para poder seguir a las restantes tropas de los Helvecios, ordena que se haga

un puente en el Saona y hace cruzar al ejército.

Los Helvecios, preocupados por su repentina llegada, como vieron que aquél había hecho en un

mismo día aquello que ellos mismos habían hecho a muy duras penas en veinte, envían

legados junto a él.

De aquella

legación el primero fue Divicón, que había sido el comandante de los Helvecios

en la guerra Casiana. Él mismo entonces llevó con César: si el pueblo Romano

hace las paces con los Helvecios, los Helvecios se irán hacia aquella parte y

estarán allí, donde César les diga y quiera que estén; pero si continúan persiguiéndolos

con la guerra, y se recordará tanto la antigua incomodidad del Pueblo Romano como

la prístina virtud de los Helvecios.

Porque de improviso un pago fuera atacado,

como a ellos que habían cruzado el río no podían llevarles ayuda, no por este

asunto ni en gran medida su virtud apreciaría ni a ellos mismos se

despreciaría. Que, así, él había aprendido de sus padres y sus mayores que más

pelease según la virtud que se ayudara según el engaño o en las insidias. Por

lo que no buscara que el lugar donde estaba, por una desgracia del

pueblo Romano y matanza del ejército tomara nombre o se fijara en la

memoria.

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A ellos

les respondió César: tanto menos le causaba dudas, puesto que de aquellos asuntos

que los legados Helvecios mencionaban él tenía memoria, y tanto más gravemente aceptaba

que impida que caigan bajo el mérito del pueblo Romano, a quien, si hubiera

sido consciente de la injuria de alguno contra él, no le hubiera sido difícil ponerse

en guardia. Pero (pensaba que había sido) engañado, porque no pensaba que hubiera

una falta por la que temer y no consideraba que debiera temer sin una razón.

Si quería que

se olvidara de la vieja afrenta, ¿acaso también de la más reciente, que sin su

consentimiento el camino a través de la provincia habían intentado por la fuerza,

que a los Heduos, que a los Ambarros, que a los Alóbrogues habían vejado, podía

olvidarlo?

Que se hubieran

jactado de tu victoria tan insolentemente y que tanto tiempo él impunemente

había llevado se sorprendían, tenía que ver con eso mismo: acostumbran los

dioses inmortales, para que más gravemente los hombres se duelan del cambio de

sus circunstancias, a los que quieren castigar por su crimen, concederles

asuntos favorables alguna vez e impunidad duradera.

Aunque las

cosas están así, sin embargo, si le son dados rehenes de ellos, pensaba que haríann

estas cosas que prometían, y si para con los Heduos de las injurias que a ellos

mismos y a sus socios llevaron, e igualmente para con los Alóbrogues hicieran

suficiente, él con ellos haría la paz.

Divicón responde: los Helvecios por sus mayores son instruidos para que acostumbren a

tomar rehenes, no darlos. De esto el pueblo Romano era testigo. Tras dar esta respuesta, se fue.

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Al día

siguiente mueven los campamentos de lugar. César hace lo mismo y a toda la

caballería, hasta un número de cuatro mil, que de toda la provincia y de los

Heduos y de todos los aliados había reunido, envía para que vean las partes

hacia las que los enemigos hacían el camino.

Estos, con

mucho deseo siguiendo a la retaguardia continuamente, en otro lugar con la

caballería de los Helvecios entablan batalla; y unos pocos de los nuestros

caen.

Los Helvecios,

engreídos por esta batalla, puesto que con quinientos caballeros habían

rechazado a tal cantidad de caballeros, muy valientes se detienen no poco y con

la retaguardia empiezan a provocar.

César contenía a los suyos de la batalla, y mucho tenía en presencia

rechazar a los enemigos con rapiñas, forrajes y devastaciones.

Así, durante

alrededor de quince días, hicieron el camino para que, entre la retaguardia de los

enemigos y nuestra primera, no más amplio de cincuenta o seis mil pasos

mediaran.

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Mientras

tanto, cada día César a los Heduos por el alimento, porque estaban públicamente

prometidos, instaba. Pues a causa de los fríos de ningún modo había

alimentos maduros en los campos, pero tampoco tenían suficiente de tan gran

cantidad de pastos.

Pero de este

alimento que por el río arar con naves habían subido poco podía servirse, porque el camino del Arar los Helvecios habían dejado, y no quería separarse de ellos.

Día tras día

los Heduos lo convencían: está siendo reunido, esta siendo

transportado, decían que estaba cerca. Cuando comprendió

que había estado convencido mucho tiempo y apremiaba el día en que debía distribuir el alimento entre los soldados, convocados los primeros de ellos, de

los cuales gran cantidad tenía en los campamentos, entre estos a Diviciaco y

Lisco, que estaba al frente del sumo magistrado, que los Heduos

llaman Vergobredo, que se crea por un año y de vida y muerte entre los suyos

tiene poder, acusa a ellos gravemente de que, como ni compre ni pueda cogerlo

de los campos, siendo tan necesario el tiempo, tan próximos los enemigos, por

ellos no era apoyado, sobre todo cuando había emprendido la guerra movido por las súplicas de gran parte.

También se quejaba muy gravemente de que estuviera abandonado.

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Solo

entonces Lisco, movido por el discurso de César, manifiesta lo que antes

había callado: había no pocos, de los cuales la autoridad entre

la plebe valía mucho, que en privado más podían que los mismos magistrados.

Y estos con un

discurso ímprobo y sedicioso, hacían cambiar de parecer a

la multitud de que entregaran el alimento que debían: aseguraban que,

si ya el poder de la Galia no podían obtener, de los Galos preferían el mandato

antes que el de los Romanos, y no dudaban de que, si los Romanos superaban a

los Helvecios, junto con el resto de la Galia serían privados de la

libertad con los Heduos.

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César se

daba cuenta de que en este discurso de Lisco, se refería a

Dumnorix, hermano de Dividiaco, pero, puesto que no quería jactarse de este

asunto delante de tantos presentes, disuelve el concilio y retiene

a Lisco.

Pregunta a él

solo las cosas que había dicho en la reunión; descubre que

son verdad: que el mismo Dumnorix, con gran audacia y con gran aprobación entre la plebe por causa de su liberalidad está deseoso de

una revolución.

Durante muchos

años los peajes y todas las restantes arrendados de los Helvecios con un

pequeño precio tenía redimidos, por lo que, mientras

él lo permitiera, nadie se atrevería a pujar en contra.

Por estas

razones no solo su familia había acrecentado, sino que

también había preparado grandes

facilidades para perdonar; y el gran número de caballeros siempre

aumentaba por su riqueza y los tenía a su alrededor, y no solo en su

casa, sino también en las ciudades vecinas tenía podía anchamente, y por causa de poderío a su madre había dado en matrimonio a

más noble y más potente de los hombre entre los Bituriges. Él mismo tenía una esposa de los Helvecios, y a una hermana de

su madre y a parientas suyas había dado en matrimonio a otras ciudades.

Era favorable y

estaba a favor de los Helvecios a causa de su afinidad, mientras que odiaba por

su fama a César y a los romanos, porque desde su llegada había decrecido su

poder y su hermano Diviciaco había sido restituido a su antiguo lugar de favor

y honor.

Si algo le

sucediera a los Romanos, tenía la gran

esperanza de obtener el mando a través de los Helvecios. Había perdido toda la

esperanza del poder por causa del pueblo Romano, pero también de todas aquellas

cosas que tenía en favor.

Cesar hallaba, en su interrogatorio acerca de la batalla ecuestre desfavorable se había

tramado pocos días antes, que el comienzo de

su fuga se había llevado a cabo por Dumnorix y sus caballeros (pues en la

caballería, a que en auxilio habían enviado los Heduos a César, Dumnorix

mandaba: tras la fuga de ellos solo habían quedado caballeros asustados.

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Conocidos

estos asuntos, puesto que a estas sospechas habían precedido asuntos muy verdaderos -que a través de las fronteras de lo Sequanos había

hecho pasar a los Helvecios, que había procurado se les diera rehenes entre

ellos, que todas estas cosas había hecho sin su orden ni la de la

ciudad y también siendo desconocedores, que había sido acusado

por el magistrado de los Heduos- pensaba que esas causas serían suficientes

para que bien él mismo lo castigara o bien

mandara la ciudad castigarle .

Con todos estos

asuntos era incompatible una sola cosa, que de su hermano Diviciaco el mayor

afecto hacia el pueblo romano, la mayor voluntad en su favor, una lealtad distinguida, justicia y moderación había conocido; así, temía que ofendiera

el ánimo de Diviciaco por el castigo de aquel.

Así, antes de

intentar cualquier cosa, manda llamar a Diviciaco junto a él y, dejados a parte

los intérpretes cotidianos, a través de C. Valerio Trocillo, el primero de la

provincia de la Galia, familiar suyo, en quién tenía la mayor confianza para

todos los asuntos, conversa con él.

Al mismo

tiempo, le hace recordar las cosas que, estando el presente, en el Concilio de

los Galos se dijeron acerca Dumnorix y le pone delante las cosas que por

separado cada uno había dicho de aquel.

Le pide y le

exhorta que, sin la ofensión de su ánimo o bien él mismo, conocida la causa,

tomará una decisión acerca de él o bien mandará a su ciudad tomar una decisión.

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Diviciaco,

con muchas lágrimas, abrazado a cesar, empieza a pedir vivamente que no tome

una decisión que fuera muy rigurosa contra su hermano: sabía que aquellas cosas

eran verdaderas y los dolores se apoderaban de nadie más que de él, porque, cuando

él mismo por lo mucho de su casa y en el resto de la Galia, y aquel podía

poco a causa de la adolescencia, a través de él había crecido. De estos

recursos y de las ligaduras no solo para disminuir el favor, sino también para

su desgracia se había servido.

Sin embargo,

tanto el amor fraternal como la opinión del vulgo le habían conmovido. Porque

si algo grave a él por César le ocurriera, como él su lugar de amistad tenía

junto a él, nadie creería que no se había hecho con su consentimiento; por

esta razón ocurriría que los corazones de toda la Galia se alejarían de él.

Como estas

cosas con muchas palabras, llorando, pedía de César, César le coge la mano

derecha y, tras consolarlo, le pide que termine de hablar; tan grande es el favor de él, le dice, que tanto la injuria contra la República como su propio

dolor por su voluntad y ruegos perdona.

Llama a

Dumnórix ante sí e invita a su hermano. Le manifiesta todo lo que desaprueba en

él, las cosas que él mismo sabía, le pone delante las cosas que la ciudad había

averiguado; y le advierte que en los tiempos restantes todas las sospechas

evite; le dice que le perdona las cosas pasadas por su hermano Diviciaco.

Pone expías a

Dumnorix para que, las cosas que lleve a cabo, y con cualquiera que hable,

pueda saber.

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