Anécdotas romanas (XXII): Para Julio César, mejor fuera que dentro



Julio César era un hombre que se movía por las altas esferas de la sociedad romana, evidentemente. Su posición entre las familias patricias, la ascensión en el cursus honorum (la carrera política romana) y su posterior coronación como dictador de la República no podía atraerle más que estas amistades.

Estos romanos, con patrimonios y rentas increíbles y que eran los únicos capaces de gozar de cargos políticos, fueron los que nos trajeron una de las características esenciales para ser un político querido entre los tuyos, uno de categoría: celebrar banquetes y hartarse de comer hasta la saciedad día sí y día también. César y sus allegados, claro, no podían quedarse atrás.

Sin embargo, las comilonas pueden traer bastantes problemas. El más evidente es el de la llamada “barriguita cervecera” o de “la felicidad”, pero eso es solo para quien le importe. Otro puede ser el hecho de tener que ir a vomitar por haber comido en exceso, costumbre de raigambre también romana. Pero no para parar, no, se vomita para seguir comiendo. Si no, no se es romano de verdad. Y por último, puede ocurrirte lo que le ocurrió a un familiar de César.

El pobre hombre, por guardar la educación, reprimió hasta tal punto sus gases que estuvo a punto de morir por la acumulación de gases en su estómago. Se ve que nadie le había explicado que antes de comer, hay que masticar al menos veinte veces…

Julio César se preocupó tantísimo de que no le volviera a ocurrir a nadie más que, ni corto ni perezoso, llevó al Senado un proyecto de ley en el que se permitía eructar y expulsar gases en los banquetes públicos sin que esto incurriera en ninguna falta.

Ni que decir tiene que el edicto se aprobó. ¡Todo sea por la salud!

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