Anécdotas romanas (XIV): Julio César, marido de todas las mujeres



Cuando pienso en Julio César, me imagino a un hombre creando tramas e intrigas, ambicioso en la guerra y en el poder, bailando con sus peores enemigos mientras les clava una daga en la espalda, lisonjeando a sus amigos para que le boten una vez más, ayudando al pueblo lo justo y necesario con medidas populistas… Un político “profesional”, que sabe cómo hacerse querido y hacerse grande sin mucho esfuerzo y con un carisma que avasalla y ganando todos los honores que podía ganar un romano.

Lo que nunca me pude llegar a imaginar, antes de buscar un poco más a fondo en enciclopedias y en las fuentes como Suetonio y Plutarco, es que sería un seductor tal que podríamos compararlo con su tocayo y compatriota nuestro, Julio Iglesias. No cabe la menor duda de que era una forma bastante peculiar de crear amigas… ¡y enemigos!


Sus amores más precoces y comunes fueron damas de la alta sociedad romana, entre las que el historiador Suetionio cuenta a Postumia, esposa de Servio Sulpicio Rulfo, Lollia, esposa de Aulo Gabinio, y Tertulla, esposa de Marco Licinio Craso. Para quien no los recuerde o no los conozca, hay que decir que el primero de estos señores fue un jurista de gran renombre, muy elogiado por Cicerón y amigo suyo, a quien el propio César nombró procónsul de Acaya alrededor del año 46 a.C; el segundo de ellos fue uno de los mayores artífices de la Lex Gabinia, a través de que el Senado le concediese a Pompeyo los máximos poderes para luchar contra los piratas, y la Lex Manilia, una igual pero para perseguir a Mitrídates VI, y llegó a procónsul, hasta que su carrera acabó acusado de traición, soborno y extorsión; Craso, el último de estos hombres, fue uno de los hombres más ricos de Roma de esta época y formó, junto a César y a Pompeyo, el primer triunvirato.

Sus relaciones continuaron con Servilia Cepionus, madre de Bruto, a quien luego acogería, y cuyas atenciones el chico le pagó asesinándolo en los Idus de marzo. Esta mujer fue su pasión y su locura y en Roma era un secreto a voces. El historiador Suetonio incluso refiere los distintos regalos y beneficios que le concedió, como por ejemplo una perla valorada en seis millones de sestercios o concederle pagar bajo precio por propiedades que a otros le costarían un ojo de la cara.

Esta pasión la llevaba a toda tierra que pisaba, parece ser, y en las provincias, cuando eran tiempos de guerra, los soldados le cantaban canciones que ponían de manifiesto esta pasión desenfrenada y el poco respeto que guardaba a la promesa de fidelidad para con sus esposas. Estos son los versos:

Urbani, servade uxores, moechum calvum adducimus.
Aurum in gallia effutuisti: at hic sumsisti inutuum.

En español:


Sonados también fueron sus amores con exóticas reinas del este, como fueron Eunoé, esposa del rey de Mauritania, a la que colmó de regalos, o la archifamosa Cleopatra, que fue una de sus grandes pasiones y de la que más información, en muchos casos mitos y leyendas, nos ha llegado.

Para colmo de males, y dada esta “costumbre” que César tenía, Hervio Cinna manifestó muchas veces y a muchas personas que llegó a tener una ley redactada en la que se le permitía casarse con cuantas mujeres quisiese para tener hijos.

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