Anécdotas Romanas (II): César dejó a su mujer por una fiesta


Y una fiesta de las gordas, no cualquier fiestecilla de nada, porque ¡la Bona dea manda!

Imaginémonos a César por aquellos años, los sesenta de la época -estamos en el 63 a. C.-, exultante de orgullo, poder y, sobre todo, de soberbia después de doce meses llenos de baños de masas y sobresaltos en los que llegó a peligrar su vida.

Venía, además, de una edilidad -fue nombrado Edil el año anterior- que había resultado todo un éxito, ya que consiguió tal favor y tal popularidad del pueblo que lo catapultaron a ser elegido Pontifex Maximus. Como uno se puede imaginar, el cargo era tan impresionante como suena. De hecho, era el cargo más importante del sacerdocio en Roma y, lo que es más , ¡vitalicio!

Así estaba César antes de
trincar a su esposa con otro.

Por eso, al año siguiente, en el 62 a. C., fue en su casa donde se celebró la festividad de la Bona dea, que siempre tenía lugar en casa de uno de los altos magistrados, y su segunda esposa, Pompeya, fue la maestra de ceremonias. 

¿Qué tenía de especial esta ceremonia? Pues, en principio, nada... Lo normal... Una fiesta normal y corriente... Así que, claro, la Bona Dea era una ceremonia mística, es decir, ritos secretos y diversiones alternativas (¿Alguien ha dicho "vino"?). Eso sí, solo para chicas. ¡Los hombres a la calle! De hecho, tenían prohibida la entrada en el edificio donde se festejaba.

Así que imaginaos cómo se puso nuestro amigo Gayo Julio César, ahora Pretor y Pontífice máximo y uno de los tres ciudadanos con más poder en Roma,  cuando se enteró de que ¡un tipo se había atrevido a disfrazarse de mujer y entrar en su casa! ¡A saber a qué!

¿Había ido el tipo a intentar algo con la esposa de César? ¿Había sucedido algo? Lo descubrió una esclava rápidamente y apenas tuvo tiempo de escapar antes de que todo se volviera patas arriba y se cancelara la celebración, pero todo el mundo empezó a cotorrear sobre lo sucedido. 

Se puso como una fiera, claro. Como no tenía guasa un romano ofendido... Te cortaba algo en menos de lo que canta un gallo, para eso eran hijos de Marte. No obstante, a pesar de que no tenía pruebas de que hubiese ocurrido nada, ni de que el objetivo fuese su mujer, la repudió al instante.

Le envió un mensaje, se mantuvo al margen de todo a la espera del divorcio y fundamentó su decisión en a través de la frase: "La mujer de César no solo debe ser honrada, además debe parecerlo."

Pero todavía queda una pregunta... ¿Quién era este tipo que se había atrevido a jugar con la dignidad de Julio César? Solo un nombre de momento: Publio Clodio Pulcro.



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