Anécdotas romanas (XXII): Para Julio César, mejor fuera que dentro

Julio César era un hombre que se movía por las altas esferas de la sociedad romana, evidentemente. Su posición entre las familias patricias, la ascensión en el cursus honorum (la carrera política romana) y su posterior coronación como dictador de la República no podía atraerle más que estas amistades.

Estos romanos, con patrimonios y rentas increíbles y que eran los únicos capaces de gozar de cargos políticos, fueron los que nos trajeron una de las características esenciales para ser un político querido entre los tuyos, uno de categoría: celebrar banquetes y hartarse de comer hasta la saciedad día sí y día también. César y sus allegados, claro, no podían quedarse atrás.

Sin embargo, las comilonas pueden traer bastantes problemas. El más evidente es el de la llamada “barriguita cervecera” o de “la felicidad”, pero eso es solo para quien le importe. Otro puede ser el hecho de tener que ir a vomitar por haber comido en exceso, costumbre de raigambre también romana. Pero no para parar, no, se vomita para seguir comiendo. Si no, no se es romano de verdad. Y por último, puede ocurrirte lo que le ocurrió a un familiar de César.

El pobre hombre, por guardar la educación, reprimió hasta tal punto sus gases que estuvo a punto de morir por la acumulación de gases en su estómago. Se ve que nadie le había explicado que antes de comer, hay que masticar al menos veinte veces…

Julio César se preocupó tantísimo de que no le volviera a ocurrir a nadie más que, ni corto ni perezoso, llevó al Senado un proyecto de ley en el que se permitía eructar y expulsar gases en los banquetes públicos sin que esto incurriera en ninguna falta.

Ni que decir tiene que el edicto se aprobó. ¡Todo sea por la salud!
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Anécdotas romanas (XXI): Así celebraba Augusto sus victorias

Antes de morir, Julio César acabó adaptando a Octavio, el futuro Augusto, en su testamento. Así lo dejó escrito y guardado en el colegio de las Vestales hasta que se abrió después de su muerte.

De esta manera, ante su fin sangriento, Augusto se vio en la obligación de vengar la muerte de su padre adoptivo. Por ello, con la ayuda de Marco Antonio y Lépido en una alianza inaudita, Augusto no dudó en encabezar una guerra contra aquellos que se habían llamado a sí mismo <<Liberatores>>. Sí, Liberatores, puesto que pretendían librar a Roma de las atrocidades que, bajo su punto de vista, César cometía en Roma.

Sin embargo, lo único que consiguieron fue que se formase un Segundo Triunvirato, nacido de la alianza antes mencionada, y provocar una Segunda Guerra Civil que sumió a la ciudadanía romana en un nuevo caos y en un nuevo derramamiento de sangre fratricida.

Octavio, el futuro Augusto, persiguió a los asesinos de su padre incansablemente por toda la península itálica, por parte de África e incluso por la lejana Asia, no importándole si quiera las inclemencias del tiempo o las enfermedades que le sobrevinieron. Y al final, su denodado esfuerzo vio su recompensa, cuando consiguió ajusticiarlos a todos después de la Batalla de Filipos.

Las veintiocho legiones que enfrentaron por mar a los ejércitos de Bruto y Casio, que se habían instalado en Grecia como base de operaciones, fueron aplastados y estos dos generales se vieron obligados a rendirse.

Tras esta gran victoria, que prácticamente ponía fin a una larga y costosa guerra, cuenta Suetonio que Octaviano “no tuvo moderación en la victoria.” No, no la tuvo. Lo primero que hizo fue cortarle la cabeza a Bruto, el hombre que había orquestado la conspiración contra César, y enviarla a Roma para que la arrojara a los pies de la estatua dedicada a César. Al resto de prisioneros, les impuso “sangrientos ultrajes”, sin importarle lo ilustres que fueran para el pueblo romano.

Es más, Suetonio refiere que uno de ellos le suplicaba la sepultura, ya que a otros los había dejado sin enterrar, y la contestación de Octaviano fue que aquel favor pertenecía a los buitres. A un padre y a un hijo que le pedían el perdón, les mandó que echasen a suerte cuál se salvaba o que lucharan en un combate a muerte. El padre, en un acto de valentía para que su hijo no pereciese, se lanzó directamente contra la espada del hijo para quitarse la vida, pero el hijo no pudo soportarlo y se suicidó también.
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Anécdotas romanas (XX): Los paseos dorados de Galba

Galba gozó de consideración entre todos los emperadores a los que sobrevivió, Calígula, Claudio y Nerón. Para ellos, era un hombre experimentado y eficaz, en quien podían confiar para resolver asuntos que necesitaran un aporte extra de energía.

Calígula le envió a Germania para sustituir a Getúlico, un hombre del que sospechaba el emperador, considerándolo esquivo, con dos caras, viéndolo capaz de atentar contra su figura. Durante su estancia allí, Galba hinchó el espíritu de sus comandados y consiguió devolver el ímpetu de lucha y la disciplina a las tropas. Tanto es así, que consiguió rechazar las invasiones bárbaras, que incluso habían llegado a tocar las fronteras de la Galia.

Claudió también lo consideró entre sus más íntimos, sobre todo por rechazar tomar el poder después de la muerte de Calígula, y le concedió grandes honores. Entre ellos, ser nombrado procónsul de África, provincia que gobernó con justicia y que consiguió pacificar. Esto le hizo ganarse varias recompensas más, entre las que se cuentan los ornamenta triumphalia y gozar de un triple sacerdocio.

No os quepa la menor duda de que, esta triunfal carrera política, lo hizo sumamente rico e incluso lo invitó a retirarse hasta la mitad del reinado de Nerón. Algunos historiadores dicen que se debió a que no quería llamar la atención del envidioso emperador, mientras que otros apuestan por su edad o por la enfermedad que lo acusaba.

De cualquier manera, Suetonio ilustra una costumbre muy particular que Galba adquirió en este retiro voluntario. Nunca, jamás, se le vio salir de su casa, aunque fuera a darse un paseo alrededor de la manzana para estirar las piernas, sin que le acompañara a su vera un carro enorme. ¿Sabéis qué contenía dentro? Un millón de sertercios en oro puro.




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Anécdotas romanas (XIX): Los presagios de la muerte de César

Los romanos eran una civilización en la que la adivinación, los prodigios y las supersticiones eran muy importantes. Eran capaces de leer lo que podía pasar en el vuelo de las aves, en las entrañas o en el comportamiento de los animales y a través de cálculos matemáticos o en las propias estrellas. Incluso se fijaban en detalles cotidianos para saber si ibas a tener mala o buena suerte inmediata. Julio César también tuvo varios de estos presagios cerca del día de su muerte y, claro está, ninguno le fue muy favorable, que digamos.

El primero de ellos fue una profecía y nos cuenta Suetonio que se encontró en Campania. Allí, algunos ciudadanos derribaron algunos sepulcros para construir casas de campo y, al encontrar restos arqueológicos antiguos, excavaron con más ganas. En una de estas tumbas, precisamente la que guardaba los restos de Capys, fundador de Capua, encontraron la siguiente inscripción: *traducir bien

Plutarco, por su parte, refiere que pocos días antes de su muerte, César hizo un sacrificio en el que a la víctima, una vez sacrificada, no se le encontró el corazón, y esto “se tuvo por muy mal augurio porque, por naturaleza, ningún animal puede existir sin corazón.” Continuando con los prodigios animales, se cuenta que antes de pasar el Rubicón, él mismo había consagrado unos caballos a los dioses para ganarse su bondad. Ahora, al cabo de los cuatro años, se negaban a comer y lloraban, embargados por una tristeza infinita. Y finalmente, un pájaro de la raza de los “reyeuelos” entró en el Senado con una rama de laurel en el pico y fue a posarse sobre la cámara llamada “de Pompeyo”. Fue despedazado al instante por distintas aves que se abalanzaron sobre él desde un bosque vecino.

La noche de la víspera de su muerte también estuvo cargada de premoniciones. En aquella ocasión se celebraba un banquete en casa de M. Lépido y todos comenzaron a hablar sobre la “muerte más apetecible”, conversación ideal para un banquete donde las haya. El dictador manifestó que la suya era “La repentina e inesperada.”

Incluso en sueños se avisó a César de su final trágico, soñando él mismo que salía volando por encima de las nubes y estrechaba sus manos con el mismo Júpiter. Su esposa Calpurnia también tuvo una revelación, ya que tuvo un sueño en el que el techo de la casa se desplomaba y César moría bajo los cascotes.

La historia ha comentado que esta conjuración era un secreto a voces y que, probablemente, incuso el mismo César la conociese y la ignorara. Esto parece confirmarse con el testimonio de Suetonio, que nos cuenta que hasta un desconocido paró a César cuando iba camino del Senado y le entregó un documento en el que le revelaba toda la conspiración, advirtiéndole que lo leyera cuanto antes. Sin embargo, César no hizo caso y lo guardó entre otros que tenía en sus manos.

Finalmente, tuvo la insolencia de espetarle al reputado arúspice Spurinna, quien le había advertido durante un sacrificio “Guárdate de los Idus de marzo”, que la fecha había llegado y no había pasado nada. El adivino respondió: “Han pasado, pero no han llegado”. César, claro está, siguió su camino hacia el Senado y allí encontró la muerte, precisamente en la sala donde había caído el reyezuelo, y que llevaba el nombre de su enemigo mortal: Pompeyo.
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Anécdotas romanas (XVIII): Soy César, no rey

Uno de los aspectos del carácter de César que más ha tratado la historia es su ambición desmedida, que con sus artes políticas le llevo a alzarse con el título de “dictador perpetuo” y gozar en Roma de un poder ilimitado. De él se dice incluso, sus mismos contemporáneos lo pensaba, que con el tiempo iba a intentar hacerse llamar “rey”, una palabra tabú para los romanos.

Suetonio nos cuenta que el mandato de César comenzó bien, que hacía muchas cosas agradables para el pueblo y el Senado romano y no demasiados estaban descontentos, sino más bien al contrario, aunque la desconfianza hacia su persona era mucha. Sin embargo, poco a poco sus desmanes fueron haciéndose más frecuentes y más grandes, infiriéndole al propio Senado muchos de ellos debido a su desmedido orgullo.

Algunos de ellos fueron la corrupción, el tráfico de influencias, el abuso de poder y, precisamente, algunas ocasiones en las que algún partidario se atrevió a llamarle “rey” en público, una de las cuales vamos a contar aquí..

Transcurrían los últimos días de enero, cuando en el Monte Albano, cerca de Roma, se celebraban las fiestas latinas. César podía acudir como Pontífice máximo o como dictador, pues gozaba de ambas titularidades, y optó por la primera. Una vez hecho el sacrificio tradicional, volvió a la ciudad a caballo entre vítores y aclamaciones en las que incluso se le interpelaba como “rey”.

Esto causó un gran revuelo entre los opositores del dictador, que no eran pocos en aquellos días –su complot y asesinato estaban ya muy cerca-, y comenzaron incluso a formarse tumultos en la multitud. Sin embargo,

Caesarem se, non regem ese responderit

Es decir,

“Respondió que él era César, no rey.”

Sin embargo, esto no consiguió acallar los rumores que se esparcieron por toda la ciudad y tampoco otras muestras por parte de sus partidarios de querer nombrarlo como tal, de modo que acabó asesinado…
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Anécdotas romanas (XVII): ¿Amplector te, Africa?

Hoy vamos a hablar de una famosísima frase que ha pasado a la historia totalmente cambiada y, quizá, sin ningún tipo de sentido. Esta famosa frase la tenemos en el título, “Amplector te, Africa”, y fue pronunciada por Julio César al desembarcar a la costa Africana. La traducción en español es “Te abrazo, África”. El contexto en el que se pronuncia es muy peculiar y casa perfectamente con la personalidad de del dictador, como veremos.

El contexto es el siguiente: para los romanos, los vaticinios y los hados eran muy importantes, y por eso era bastante común consultar a los arúspices –adivinos- para saber cuál sería el posible resultado de la batalla y, si eran desfavorables, quizá esperar a que los hados fueran favorables para entonces trabar el combate. Para ello existían diversas maneras, que van desde consultar las estrellas, observar el vuelo de las aves o incluso inspeccionar las vísceras de diversos animales.

También era importante no dar ningún tropiezo o incluso no levantarse de la cama con el pie izquierdo -¿os suena esta superstición heredada?-. Lo primero le pasó a César nada más llegó a las costas del continente africano: estaba en su galera dispuesto a tomar tierra cuando sus piernas le jugaron una mala pasada y le hicieron caer al suelo, lo que para los romanos significaba una pérdida del combate más que segura. Esto se sumaba a algo tremendo, que la batalla se libraba contra Escipión el Africano, a quien, parece ser, los dioses le habían otorgado ser invencible en estas tierras.

¿Qué hizo César para cerrar las bocas de sus sorprendidos legionarios, que ya comenzaban a desconfiar de su suerte y a murmurar que aquella campaña sería un completo desastre por este traspié? Muy fácil: engañar.

César no era un tipo que se dejaba arredrar por los hados y que, cuando decidía una empresa, no había nada que se lo quitara de la cabeza o le impidiera llevarla a cabo, y menos algo relacionado con la adivinación, que siempre es tan subjetivo.

Por eso, convencido como estaba de su suerte, ya en el suelo, cuenta el historiador Suetonio que tuvo la ocurrencia de pronunciar la siguiente afirmación, “Teneo te, Africa”, y poner los brazos de manera que pareciera que estaba saludando y abrazando a la nueva tierra a la que había llegado. Así hizo creer a todos los presentes que no había caído, sino que se había tirado por propia voluntad.

La historia, quizá por hacer más énfasis en el hecho del abrazo, ha cambiado la afirmación “Teneo te, Africa” por la más literaria “Amplector te, Africa”, y es uno de los muchos ejemplos en los que las fuentes “originales” resultan alteradas o edulcoradas por el efecto del paso del tiempo.
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