lunes, 12 de enero de 2015

Anécdotas romanas (X): César supo honrar a Pompeyo, su enemigo íntimo

César y Pompeyo siempre tuvieron una relación de amor odio que duró hasta la muerte del segundo. Fueron amigos muchas veces, pero también enemigos muchas otras. Incluso pasaron por ser familia, ya que el segundo fue yerno del primero.

En política, también hicieron juntos muchas cosas, pero también deshicieron muchas. Se enfrentaron gran cantidad de veces en el Senado, puesto que cada uno pertenecía a bandos e ideas políticas diferentes. César pertenecía a la facción de los populares –se suele resumir diciendo que eran de corte más progresista-, mientras que Pompeyo pertenecía a los optimates –más conservadores-.

Pero juntos también tomaron el poder de Roma y gobernaron la Ciudad en grupo junto con su compañero Craso. Así, se formó el Primer Triunvirato, esto es, que el gobierno de Roma pasara de estar en manos de los cónsules a uno grupo de tres personas.

Así, como os podéis imaginar, su relación era bastante estrecha. Tan, tan estrecha que, al final, la vida les llevó a pelearse también en la llamada Guerra Civil, que marcó un antes y un después en la historia romana.

Sin embargo, lo que nos interesa contar en este libro de este encuentro es que, tras muchos meses de mucho sufrimiento, perseguido hasta la saciedad por las legiones de César y, al final, perdiendo incluso el apoyo del Senado tomado por su enemigo, Pompeyo tuvo que huir a Egipto para buscar refugio.

Allí viajó con una pequeña flota y pidió protección al faraón Ptolomeo XIII. Entonces, tras enviar a sus emisarios y aguardando en su barco una decisión, los consejeros decidieron que el hombre no merecía su preocupación, ya que el mismísimo César estaba en ruta hacia Egipto para capturarlo. Fue por eso que Pontino, uno de los consejeros del rey, presionó para que fueran ellos los que le sirvieran Pompeyo a César en bandeja de plata. Y así lo hicieron, casi literalmente.

Plutarco cuenta que el 28 de septiembre del 48 a.C., tras dos o tres días de deliberación, una barquita egipcia fue al encuentro de la flota romana donde se había guarecido Pompeyo. En esta barca se montó el triunviro con la esperanza de encontrar una respuesta afirmativa a sus súplicas al llegar a la otra orilla, pero cuando se levantó para desembarcar y saludar a las autoridades egipcias, la muerte le cogió por sorpresa.

Así, fue apuñalado hasta la muerte por sus compañeros Aquilas, Septimio y Salvio el día después de su quincuagésimo noveno. Acto seguido, los egipcios le cortaron la cabeza y le arrancaron su sello del dedo. El cuerpo lo dejaron tirado en la orilla y tuvo que ser Filipo, un leal liberto, quien lo quemara sobre las planchas de una barca pesquera.

Con la esperanza de ganarse su favor, Ptolomeo XIII le presentó estos “regalos” a César cuando este llegó a Egipto. Se cuenta que al ver de esta manera a su “enemigo íntimo”, el romano no pudo contener las lágrimas a la vez que lamentaba el gran insulto que habían cometido contra Pompeyo.

Por esta razón, mandó castigar a sus conspiradores y asesinos y, con el tiempo, depuso al faraón del trono para nombrar mandataria a su hermana, la archiconocida Cleopatra. La cabeza recuperada mandó que fuera enterrada en el Nemeseión, un templo en honor a la diosa Némesis que el mismo César mandó construir con la idea de honrar a Pompeyo.
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lunes, 8 de diciembre de 2014

Cuadernillos de repaso: Segunda declinación griega

Hoy continuamos con nuestra serie de cuadernillos de repaso de las declinaciones griegas. En esta ocasión, tratamos la Segunda declinación.

Como en el cuadernillo anterior, vamos a seguir el esquema de tres tipos de ejercicios.

En la primera parte, tendremos que declinar una serie de palabras que obedecen a distintos paradigmas que se pueden encontrar en la Segunda declinación griega. De esta manera, practicaremos algunas alternativas en la declinación y, además, afianzaremos las terminaciones en nuestra cabeza.

A continuación, tendremos que practicar la acentuación de las palabras que hemos declinado. Para ello, como la vez anterior, conviene tener en cuenta las reglas de acentuación griega o comprobar la entrada donde se explican.

Finalmente, para reunir toda la teoría en un único sitio y poder releerla de un solo vistazo, tendremos que contestar a una serie de preguntas.


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lunes, 1 de diciembre de 2014

Anécdotas Romanas (IX): De cuando César lloró ante Alejandro Magno

¿Os imagináis que una personalidad como César, un hombre promovido por la ambición y que miraba siempre hacia delante, podía llegar a llorar? Pues parece que así fue, o eso nos cuenta Suetonio en su Vida de los Doce Césares.

En su libro, el docto historiador nos cuenta que César logró ser nombrado cuestor de la Hispania Ulterior en el año 69 a.C., momento en que tendría unos 32 años, y en una de sus actividades fue a la ciudad de Gades, actual Cádiz.

Allí había un templo dedicado a Hércules y, cerca de él, una estatua inmensa dedicado al inconmensurable Alejandro Magno, el gran general griego que había hecho de Grecia todo un imperio que llegaba hasta los lejanos confines de Asia.

César no dudó en visitar el sitio y presentar sus respetos a la representación inmortal del hombre que admiraba profundamente. Sin embargo, mientras la contemplaba, se dio cuenta de algo muy importante: ¡Alejandro Magno, a la edad de 33 años, había creado todo un imperio desde la pequeña Macedonia!

Este hecho le turbó profundamente, reprendiéndose no haber realizado nada digno de comparación. Así, acto seguido, dimitió de su cargo, que no confiara que le fuera a acarrear ningún tipo de gloria, y marchó de nuevo a Roma con la confianza de encontrar un asunto loable.

Fue otro historiador, Plutarco, quien le añadió más dramatismo al asunto, agregándole que lloró profundamente. Sin embargo, no lo atribuye a sus años de cuestor en Hispania, sino a sus años de pretor (63 a.C.), y que se dio cuenta cuando leía ciertas partes de una biografía de Alejandro Magno.


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lunes, 24 de noviembre de 2014

Expresiones latinas (III): Veni, vidi, vici

Imaginaos a un César triunfante después de ganar una Guerra Civil que tenía todas las de perder y que, claro está, era contra el Senado romano y su “enemigo íntimo” Pompeyo. Añadidle a la ecuación, además, entrar en Egipto y conseguir deponer a un faraón, Ptolomeo XIII, por otro, su amada Cleopatra y hermana de este último. Agreguémosle, además, la celebración de cinco triunfos seguidos por un destacado mérito en el arte militar, ¡cuatro de ellos celebrados en el mismo mes!

No sé en vuestra mente, pero en la mía, César no podía estar otra cosa que venido muy, muy arriba y que pronunciara esta frase para coronar una batalla que ganó prácticamente sin pestañear, tiene todo el sentido del mundo. Hay que reconocerlo.

La batalla tuvo lugar contra Farnaces II, hijo de Mitrídates VI –famoso por una entrada anterior de este mismo blog-, y se buscaba castigar a sus seguidores a la vez que quitarlo del medio a él, ya que estaban tratando de soliviantar a la parte de Asia controlada por Roma para que se levantara contra la el poder romano.

César, ni corto ni perezoso, marchó contra él al mando de tres legiones y destrozó por completo al ejército del impetuoso Farnaces, compuesto de veinte mil hombres y situado cerca del actual pueblo de Zile, Turquía, y dejó que los pocos supervivientes huyeran para, quizá, quién sabe, contar cómo ocurrió la estrepitosa derrota y darle más gloria a los vencedores romanos.

Cuentan los historiadores de la época –Suetonio, Plutarco- que la batalla, y por tanto la victoria, se llevó a cabo con tanta celeridad, que César reflejó sus pensamientos acerca del encuentro en una única frase, que recogió en una carta que recibiría su amigo Amincio y que debía leerla ante el Senado romano.
Esta frase fue:


En latín, como todos –o casi todos- ya sabemos, significa “Vine, vi y vencí” y quiere decir que, un asunto que en teoría debería ser trabajoso, se ha sobrepasado no solo con prontitud, sino también sin llevarse rasguño alguno.

Cuenta Plutarco que, cuando le concedieron otro triunfo por esta victoria –la importancia política fue extrema, ya que los habitantes del local no volvieron a amenazar el poder de Roma-, entre los ornamentos había carteles con estas mismas palabras, como si fueran pancartas.

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lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuadernillos de repaso: Primera declinación griega

La entrada de hoy la vamos a dedicar a repasar la primera declinación griega con una serie de actividades que van a recoger gran cantidad de ejemplos de declinación, la práctica del acento y toda la teoría relacionada.

Así, en el documento pdf que veis más abajo, tenemos una serie de actividades divididas en tres partes.

La primera de ellas consiste en declinar todas esas palabras que veis ahí. Se han escogido palabras que pertenecen a los diferentes paradigmas de la primera declinación para que se tenga la oportunidad de declinar, al menos, dos o tres pertenecientes al mismo esquema. De esta manera, afianzaremos la práctica de declinar la primera declinación y las terminaciones en nuestra cabeza.

La segunda parte consiste acentuar esas palabras que hemos declinado correctamente. Hay que acordarse o comprobar las reglas para la acentuación griega antes de comenzar, que son un poco distintas de la latina.

Por último, hay una serie de preguntas que permiten recoger toda, o casi toda, la teoría relacionada con la primera declinación griega y tenerla bien resumida.

Cuando terminemos, la idea es que tendremos disponible un pequeño cuadernillo que podemos dejar a mano como un manual de consulta rápida, si es que tenemos alguna duda.




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lunes, 10 de noviembre de 2014

Siglas en Latín (IV): P.S. (Post Scriptum) y P.D. (Post data)

La “Post data” (o “posdata”) y el “Post scriptum” son dos expresiones que hemos visto y usado a lo largo de toda nuestra vida, probablemente, sin contemplaciones. Las hemos visto en cartas, las hemos visto en emails, las hemos visto en series, en películas, en títulos de libros, a gente diciéndola por la calle por fardar…

Sin embargo, ¿de verdad sabemos lo que significa exactamente cada una y cómo deberían usarse? Eso me pregunté yo una vez: cuál era la diferencia. Y después de buscar un poquito, he escrito esta entrada para compartir lo que he encontrado al respecto.

P. S. o “Post scriptum”


El significado de esta expresión no es muy difícil de adivinar, ¿verdad? Básicamente significa “Después de lo escrito” y, tradicionalmente, se ha usado como una nota a añadir detrás de una carta.

Esto es, después del nombre del remitente, de la fecha y del cuerpo del mensaje en sí mismo, se puede rematar el escrito añadiendo una pequeña nota, ya sea por olvido o porque se trata un tema totalmente diferente o solo se le quiere dar una pincelada.

Sin embargo, por su significado, podemos deducir que no está restringido a una carta, sino que bajo esas siglas se puede añadir notas a cualquier tipo de escrito, desde un relato, a un libro, a un ensayo o a una entrada de blog.

Además, da más libertad, en teoría, respecto al uso de la “posdata”, como veremos en un momento.

P. D. o “Post data”


A primera vista, descifrar qué significa esta locución es un poquitín más complicado, ya que en español no tenemos ninguna palabra parecida a “data” para referirnos a la fecha. Porque “fecha” es lo que significa “data” en latín, que el inglés, por ejemplo, tomó prestada para su palabra “date”, que sí que significa fecha.

Por tanto, esta expresión latina significa “después de la fecha” y, de nuevo, se ha empleado tradicionalmente para añadir algo al final de un escrito. Como la anterior, bajo estas siglas se añade cualquier comentario por olvido o por querer tratarse, a voluntad del escribiente, aparte del cuerpo del mensaje.

Sin embargo, pensemos un poco. Si “post data” significa “después de la fecha”, esta expresión debería usarse para añadir anotaciones a escritos que tuvieran la fecha abajo, al final del mensaje, ¿no?

Por tanto, no debería emplearse para cartas o documentos que tengan la fecha en el encabezado o en la parte de arriba, ya que, en cierto modo, ¡nos estaría obligando a escribir la nota incluso antes de empezar el cuerpo del mensaje!

Por ejemplo, en la tradición española, muchas cartas empiezan con el nombre del remitente arriba a la izquierda y, justo a la derecha, un poquito más abajo, se pone la fecha, por lo que el uso de esta expresión debería quedar anulada si pensamos utilizar una nota al pie.

No obstante, en el caso de que optemos por incluir la fecha abajo, al final del escrito, emplearía entonces esta expresión.

De este modo se diferencia el uso de ambas expresiones y, atendiendo al significado de la lengua originaria, quedaría todo mucho más correcto.
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