lunes, 25 de mayo de 2015

Analizar oraciones (I): ¡Los cuatro métodos más efectivos para reconocer el sujeto!

Como todos sabemos, para que un enunciado sea una oración, sintácticamente hablando, debe llevar un verbo. Si no lleva verbo, sería una frase (¡recuerda en esta entrada la diferencia entre oración, enunciado y frase!).

Y por culpa de esos verbos (¡¡malditos!!), la oración se divide en Sujeto y Predicado. El primero suele hacer referencia al "agente de la acción", es decir, nombra a quien realiza la acción y a veces a quien se ve afectado por ella. El segundo, nos especifica que ocurre con la acción.

A veces, aunque parezca mentira, el agente de la frase es complicado de averiguar, pero ¡no os preocupéis más! En esta entrada, contaremos los cuatro métodos más efectivos para reconocer el sujeto de la oración.

Método 1: ¡La desinencia verbal, tu amiga!


Por suerte o por desgracia, los verbos en español tienen desinencias verbales. ¿Esto qué es? Pues que tienen terminaciones diferentes. Estas terminaciones cambian según el tiempo, pero también según la persona.


Las últimas son las que nos interesan a nosotros y, para ello, lo primero que tendremos que hacer es localizar el verbo de la oración. Veamos un ejemplo:

Batman machachó a todos los malos en un santiamén.

Como podéis ver, el verbo de la oración anterior es "machacó" y su desinencia es "ó", que es la desinencia de "tercera persona del singular". Por tanto, nosotros deberemos buscar en la oración una "tercera persona del singular", que inevitablemente es "Batman".

Este método es especialmente efectivo en oraciones que tienen el sujeto omitido y que, por tanto, no se encuentra expresado en la oración. Como ejemplo:

Me robaron todo el dinero de mi hucha.

En esta oración, la desinencia es "aron", que equivale a una "tercera persona del plural". Como no hay en la oración ninguna tercera persona y plural aún menos, el sujeto debe estar omitido. Sería "Ellos".

Método 2: ¡Preguntando se llega a Roma!


Cuando vamos de viaje, puede darse el caso de no tener ni idea de dónde estamos o de no saber cómo se llega de un sitio a otro. El orgullo y la verguenza pueden, a veces, quitarnos la idea de no querer preguntar a nadie por la calle, pero aquí estamos en clase. ¡Tenemos que dejar el orgullo a un lado!

La razón es que uno de los métodos más comunes -y buenos- de averiguar quién es el sujeto de la frase es, precisamente, preguntar "quién" al verbo.

Esta pregunta es especialmente efectiva, como veis, cuando el sujeto es el individuo que realiza la acción de la oración o es quien la sufre. Ejemplo:

Jaimito estaba resfriado hasta las trancas

No me digáis que no sufre :(

Método 3: Cambia, cambia, que yo te aviso.


Este método, personalmente, me encanta, porque te ayuda a pensar en cómo funciona los engranajes del lenguaje.

En español, tenemos un fenómeno lingüístico que se llama la "concordancia", que hemos heredado del latín. La "concordancia" quiere decir que, dos palabras que tienen relación entre ellas, tienen que coincidir en género y número.

La concordancia se ve muy fácilmente entre un sustantivo y un adjetivo, por ejemplo: "niño bueno". ¿Coinciden en género y número, verdad? Porque a nadie se le ocurriría decir "niño buena"...

Bien, pues para adivinar el sujeto de una oración, nosotros lo que hacemos es cambiar de número el verbo. Si alguna otra cosa debe cambiar, eso es el sujeto. ¿Por qué? ¡¡Pues porque la concordancia debe mantenerse a toda costa!! En el ejemplo, cogemos la oración del primer método:

Batman machacó a los malos en un santiamén

Cambiamos el verbo de número.

Batman machacaron a los malos en un santiamén

¿No tiene sentido, verdad? ¿Debería cambiar algo? ¿Batman, verdad? Vamos a poner la oración en plural también.

Batman y Robin machacaron a los malos en un santiamén.

Claramente, Batman es el sujeto de la oración original. Si la oración estuviera, originalmente, en plural, lo que haríamos sería cambiarla a singular.

Método 4: Una sustitución vale más que mil preguntas


Por último, tenemos el último método, pero no por ello el menos importante. De hecho, para seros sinceros, es mi favorito.

En esta ocasión, lo que haremos será sustituir partes de la oración por "ese, esa, eso" o "esos, esas", literalmente, sin añadir preposiciones o conjunciones.
Este método es especialmente útil cuando nos encontramos con oraciones que llevan los verbos "gustar", "amar" o "encantar", verbos intransitivos -verbos que no llevan objeto directo-, o que tienen alguna oración subordinada. Aquí van algunos ejemplos:

Me encantan los huevos con patatas

En esta oración, "los huevos con patatas" puede sustituirse por "esos", ¿verdad? Además, no queda más remedio que "los huevos con patatas" sea el sujeto, pues este tipo de verbos no lleva objeto directo.

Mis primos vinieron ayer por la tarde de Barcelona

En esta ocasión, lo único sustuible es "mis primos", por lo que, de nuevo, hemos sacado el sujeto de manera bastante fácil.

El único problema de este método viene cuando nos encontramos con oraciones transitivas, es decir, oraciones que llevan Complemento Directo. Aquí, tendríamos que combinarlo con los métodos para averiguar el complemento directo y descartar.

¡Y nada más! Ahora solo queda acostumbrarse y encontrar el método que más os guste y se adapte a la oración que tenéis delante.
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lunes, 4 de mayo de 2015

Anécdotas romanas (XIV): Julio César, marido de todas las mujeres

Cuando pienso en Julio César, me imagino a un hombre creando tramas e intrigas, ambicioso en la guerra y en el poder, bailando con sus peores enemigos mientras les clava una daga en la espalda, lisonjeando a sus amigos para que le boten una vez más, ayudando al pueblo lo justo y necesario con medidas populistas… Un político “profesional”, que sabe cómo hacerse querido y hacerse grande sin mucho esfuerzo y con un carisma que avasalla y ganando todos los honores que podía ganar un romano.

Lo que nunca me pude llegar a imaginar, antes de buscar un poco más a fondo en enciclopedias y en las fuentes como Suetonio y Plutarco, es que sería un seductor tal que podríamos compararlo con su tocayo y compatriota nuestro, Julio Iglesias. No cabe la menor duda de que era una forma bastante peculiar de crear amigas… ¡y enemigos!


Sus amores más precoces y comunes fueron damas de la alta sociedad romana, entre las que el historiador Suetionio cuenta a Postumia, esposa de Servio Sulpicio Rulfo, Lollia, esposa de Aulo Gabinio, y Tertulla, esposa de Marco Licinio Craso. Para quien no los recuerde o no los conozca, hay que decir que el primero de estos señores fue un jurista de gran renombre, muy elogiado por Cicerón y amigo suyo, a quien el propio César nombró procónsul de Acaya alrededor del año 46 a.C; el segundo de ellos fue uno de los mayores artífices de la Lex Gabinia, a través de que el Senado le concediese a Pompeyo los máximos poderes para luchar contra los piratas, y la Lex Manilia, una igual pero para perseguir a Mitrídates VI, y llegó a procónsul, hasta que su carrera acabó acusado de traición, soborno y extorsión; Craso, el último de estos hombres, fue uno de los hombres más ricos de Roma de esta época y formó, junto a César y a Pompeyo, el primer triunvirato.

Sus relaciones continuaron con Servilia Cepionus, madre de Bruto, a quien luego acogería, y cuyas atenciones el chico le pagó asesinándolo en los Idus de marzo. Esta mujer fue su pasión y su locura y en Roma era un secreto a voces. El historiador Suetonio incluso refiere los distintos regalos y beneficios que le concedió, como por ejemplo una perla valorada en seis millones de sestercios o concederle pagar bajo precio por propiedades que a otros le costarían un ojo de la cara.

Esta pasión la llevaba a toda tierra que pisaba, parece ser, y en las provincias, cuando eran tiempos de guerra, los soldados le cantaban canciones que ponían de manifiesto esta pasión desenfrenada y el poco respeto que guardaba a la promesa de fidelidad para con sus esposas. Estos son los versos:

Urbani, servade uxores, moechum calvum adducimus.
Aurum in gallia effutuisti: at hic sumsisti inutuum.

En español:


Sonados también fueron sus amores con exóticas reinas del este, como fueron Eunoé, esposa del rey de Mauritania, a la que colmó de regalos, o la archifamosa Cleopatra, que fue una de sus grandes pasiones y de la que más información, en muchos casos mitos y leyendas, nos ha llegado.

Para colmo de males, y dada esta “costumbre” que César tenía, Hervio Cinna manifestó muchas veces y a muchas personas que llegó a tener una ley redactada en la que se le permitía casarse con cuantas mujeres quisiese para tener hijos.

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lunes, 6 de abril de 2015

Anécdotas romanas (XIII): Las últimas palabras de César Augusto

No cabe duda de que una personalidad como Augusto, que fue tan complicada, tan querida, tan cambiante y tan crucial para la historia de Roma y del mundo, tenía que tener unas últimas palabras a la altura de las circunstancias.

En público, las últimas palabras que pronunció hacen referencia a la reconstrucción total y a la mejora al que sometió la capital romana, mejorando sus construcciones públicas y servicios en todos los aspectos, embelleciéndola además. Este testimonio, como viene siendo habitual, nos lo transmite el historiador Suetonio, y Augusto dijo así:

Marmoream relinquo, quam latericiam accepi
(Dejo una (ciudad) de marmol, aunque me la encontré de ladrillo.)

Sin embargo, el Princeps murió el 19 de agosto del año 14 d.C., curiosamente en el mes que él mismo había bautizado con el nombre que le había otorgado el senado, y Tiberio y Livia, además de algunos íntimos, se hallaban presentes en su lecho de muerte.


Allí no dejaba de preguntar si el pueblo estaba enterado de su estado y de si estaba armando algún jaleo en el exterior, debido a la angustia y la incertidumbre, quizá. Para que no se notara cómo estaba, pidió un espejo y arreglarse el cabello.

En sus últimos momentos de lucidez, a sus amigos les preguntó "si había representado bien la farsa de la vida". En latín:

ecquid iis videretur mimum vitae commode transegisse, adiecit

Y para terminar de comparar el vivir con representar una obra de teatro, agregó, se dice, en griego la frase con la que acaban las comedias:

εὶ δέ τι
Ἐπεὶ δὲ πάνυ καλῶς πέπαισται, δότε κρότον
Καὶ πάντες ἡμᾶς μετὰ χαρᾶς προπέμψατε.

Que se puede traducir, más o menos, como

Y si se ha representado muy bellamente batid palmas y a todos nosotros honradnos con alegría.

Sin embargo, después de mandar a todos retirarse excepto a Livia, su tercera esposa y, seguramente a pesar de todo a quien más quiso, le dedicó unas palabras exclusivas:

Livia, nostri coniugii memor vive, ac vale
(Livia, recuerda nuestro matrimonio, y adiós.)


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lunes, 23 de marzo de 2015

Tutoriales Audacity (I): Eliminar el ruido de fondo con Audacity

Hoy retomamos el apartado de los tutoriales en el blog y, para ello, nada mejor que hacerlo cambiando de tercio.

Estas últimas semanas he estado experimentando con un programa tan útil como gratuito, cosa que siempre viene bien, y que permite realizar grabaciones y editar el sonido a nuestro antojo. Hablo, nada más y nada menos, que del programa de software libre conocido bajo el nombre de Audacity.

Este es uno de los programas más usados en todo el mundo por aquellos que quieren grabar y editar música, podcasts, ejercicios de escucha (listening) o  cualquier vídeo para colgar en Youtube y será el que empleemos en este tutorial.

Instalando Audacity


Antes de comenzar, es necesario que instalemos esta pieza de software en nuestro ordenador. Para ello, lo más recomendable es dirigirse a la página del equipo y, dentro de ella, a la sección de descargas. De esta manera, puedes leer las notas de instalación, la compatibilidad u otras cosas relativas a Audacity.



Pero si no quieres perder el tiempo, haciendo clic en el botón rojo de aquí abajo, puedes descargarlo también:



Una vez que esté descargado en nuestro ordenador, no tenemos más que seguir los pasos que se nos indican y estará instalado en un periquete.

Grabando nuestra pista de audio


Realizar una grabación con Audacity resulta de lo más simple, ya que su interfaz no es muy complicada y con un solo clic de ratón podremos conservar cualquier sonido que queramos. 

Lo mejor de todo es que no solo podemos capturar el sonido de un micrófono, sino también el del interior de nuestro ordenador, pero de eso hablaremos en una entrada futura.

Para comenzar a grabar lo que escucha nuestro micrófono, primero deberemos seleccionar el dispositivo de grabación correcto. Estas opciones las encontraremos justo debajo del cuadro de controles de arriba a la izquierda.


Desplegando el menú que encontramos junto al icono del micrófono, elegiremos el que corresponda. En mi caso, grabo con el micrófono USB Samson Meteor, de calidad de estudio y que puedes conseguir por un precio módico.

Una vez seleccionado, basta con solo presionar el botón de grabar.

MEGA CONSEJO
Una de las cosas más útiles que he encontrado mientras "bicheaba" el programa y leía en internet, es comenzar nuestra grabación con dejando un poco de silencio al principio y, poco después. hacer sonidos que preveamos que van a ocurrir. Por ejemplo, arrastrar la silla o cliquear con el ratón.




Eliminando el ruido de fondo

Después de grabar nuestro sonido y de haber dejado ese comienzo en blanco, el siguiente paso es extraer un perfil de sonido para que Audacity detecte cuál es el sonido de fondo a eliminar.

Para eso, vamos a proceder a seleccionar una buena parte de ese comienzo en blanco. Para ello, basta con arrastrar el ratón por encima.




A continuación, en el menú Efecto de la barra superior, elegiremos la herramienta "Reducción de ruido" y, una vez dentro, con nuestra fracción aún seleccionada, haremos clic en la opción "Obtener perfil de ruido."



La herramienta se cerrará y nosotros deberemos seleccionar nuestra pista de audio completa. Esto puede hacerse a través del menú "Editar" y luego a través de la herramienta "Seleccionar" y su opción "Todo".



Finalmente, tendremos que abrir, de nuevo, la herramienta de reducción de ruido y, esta vez, con nuestro perfil ya conseguido, haremos clic en "Aceptar". Las opciones pueden dejarse tal y como están, aunque se puede jugar con ellas para conseguir ciertos efectos.

Ahora nuestra grabación, por completo, debería escucharse mucho más limpia.

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lunes, 16 de marzo de 2015

El último día de Julio César

Cayo Julio César se disponía a abandonar su morada entre las súplicas de su esposa para que se quedara. Ambos habían dormido mal aquella noche y la razón había sido la misma: habían tenido sueños en los que el César moriría. Estos sueños coincidían con los muchos prodigios que se habían sucedido los días anteriores, avisos inconfundibles de que algo inevitable ocurriría, y el arúspice Spurinna había sido quien lo había formulado inequívocamente: el día de los Idus de marzo, algo terrible sucedería.

Julio en un principio no lo había creído. Él no albergaba una confianza seria en lo que ningún adivino de tres al cuarto tuviera que decir, así que no le había dedicado ninguno de sus pensamientos. Pero hoy le preocupaba, cuanto más porque había oído rumores de que una conspiración contra su persona se llevaba tramando durante meses. Dudaba entre si ir al Senado o postergar sus quehaceres hasta la jornada siguiente. Pero como el mismo decía, “Solo se ha de temer al miedo”, así que tomó la resolución final de ir.

De camino al Senado, a tirones lo paró un desconocido, guiado por la fe en la política del dictador romano, y le entregó un documento sellado. Le dijo que era solo para sus ojos y que lo leyera cuando antes, ya que ahí le revelaba un asunto que era de vida o muerte. Sin embargo, el altivo dictador miró a su conciudadano con condescendencia y traspapeló el escrito entre otros documentos que llevaba en su mano.

Con una daga en el pescuezo, a cualquiera se le pasa la chuleria.
Conforme atravesaba las ruidosas y populosas calles de Roma, el dictador fue ganando confianza en sí mismo y en la suerte favorable de su hado. Que un plácido sol le acompañara y le calentara el rostro ayudaba a transmitirle la paz y la tranquilidad que necesitaba. Así, cuando se encontró al reputado arúspice Spurinna, no pudo evitar burlarse de sus retorcidas predicciones y le espetó: “Sabio, ya han llegado los Idus y todavía no me ha sucedido nada malo”. El otro, con una media sonrisa, le respondió: “En efecto, pero aún no han pasado.”

Sin embargo, César prosiguió su camino con decisión, quizá retorciéndose entre nervios en su interior, y pronto llegó a las escaleras del Teatro de Pompeyo y pasó por debajo de sus puertas. El edificio lucía espléndido y los ladrillos lucían ambarinos bajo el pálido sol. Las puertas de bronce brillaban como dos soles que daban la bienvenida al primero de los Césares.

Allí le esperaban para saludarle los novecientos senadores con los que contaba el Senado romano, y el primero que se acercó fue Tulio Cimber, el encargado de dar comienzo a la afunción. Su función sería entregarle una petición, escrita por ellos, en la que le pedían que retirase las leyes que había enunciado y con las que les restaba poder al Senado. Era la excusa con la que los Senadores habían convocado aquella reunión, pero su verdadera función era cogerle de la toga para que no escapara. Y así lo hizo, tan fuerte, que César intentó zafarse en varias ocasiones, pero no pudo.

“Ista quiden vis est?”, exclamó el dictador (“¿Qué violencia es esta?”), y entonces uno de la familia de los Casca, que se acercó corriendo por la espalda, fue el primero en atreverse a herirle con su puñal. Para que no gritara y alertara a la guardia, no dudó en asestarle el golpe en la garganta, por donde empezó a desangrarse rápidamente. No obstante, César trató de defenderse, sacando él mismo su punzón y atravesándole el brazo a su atacante, pero rápidamente comprendió que cualquier esfuerzo sería inútil.

<<ἀδελφέ, βοήθει!>>, fueron las siguientes palabras que escuchó César, y que salieron de la boca del mismo Casca. En griego, significan “Socorro, hermanos”, y era el código que daba comienzo al alzamiento. En un instante, cuando miró alrededor suyo, las dagas ansiosas de su sangre estaban alzadas por todas partes. Detrás, las túnicas blancas de los Senadores que habían trabajado con él todo con codo y, por encima, sus caras henchidas de la alegría del triunfo. Entonces, se envolvió la cabeza en la toga, protegiéndose, y el acero, frío como el hielo, le atravesó veintitrés veces más, resistiendo valientemente todas las embestidas, sin proferir ni un solo grito.

Marco Antonio visiblemente afectado por la muerte de Julio César
Nunca supo qué manos fueron las que le asestaron las puñaladas, pero algunos escritores han referido lo contrario. Sí supo al menos una, la que le propinó Marco Junio Bruto, su propio hijo adoptivo, y que tuvo el valor de amonestarle, entre susurros, con la desesperación de la muerte cerniéndose sobre él: “Tú también, hijo mío…”

Una vez muerto, los alzados saltaron de alegría. Habían trazado este plan durante meses, el de asesinar a César y liberar así a Roma de su política populista, que durante los últimos meses se había tornado cada vez más y más corrupta y egoísta. La fecha programada había sido la de los Idus de marzo de ese mismo año y, quién lo iba a decir, se había cumplido. Ahora podían llamarse a sí mismos, con mucho más respeto, con el título que ellos mismos se habían impuesto: “Liberatores.”

Pero por mucha libertad que buscaran sus corazones, un asesinato no dejaba de ser un asesinato, y más el de la cabeza visible del estado. Sabían que muchos buscarían la caída de sus cabezas también por este magnicidio. Así, todos huyeron en un abrir y cerrar de ojos y César quedó durante mucho tiempo tendido en el suelo, frío y rígido, hasta que dos esclavos leales tuvieron el valor de montarlo en una litera y llevarlo a su casa.



Marco Antonio y Augusto, cada uno por su parte, iniciarían su cruzada personal por los asesinos.

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lunes, 9 de marzo de 2015

Augusto, artífice de la Pax Romana

Augusto no era un tipo muy conocido en su juventud por ser una persona delicada en sus maneras para conseguir las cosas. De hecho, muchos de sus “movimientos políticos” de juventud los hizo por la fuerza, por extorsión, por tráfico de influencias o, a veces, por asesinato y por la guerra.

La causa que nos ha transmitido la historia para darle excusa a esta acritud en el carácter fueron las ansias de venganza y el esclarecimiento del legado de su querido tío y padre adoptivo Julio César, al cual quedó estrechamente ligado –incluso monetariamente hablando- después de ser nombrado en su testamento.

Sin embargo, todo hay que decirlo, con el establecimiento de su mandato sin competidores, tras ser nombrado Princeps – Primer ciudadano -, poco a poco su carácter se fue ablandando. Algunos piensan que ocurrió porque su cruzada personal acabó, otros por las circunstancias del momento y otros por consejo de sus íntimos en asuntos del estado. Pero fuera como fuese, lo cierto es que fue Augusto quien dio inicio al momento histórico que se conoció como Pax Romana, que algunas veces se llama Pax Augusta en honor a él.


Este período pacífico –que no fue tan pacífico como se cuenta y aquí lo explicaremos más detalladamente- se inició en el año en el año 29 a. C., después de que se proclamara la victoria contra Marco Antonio en Actium y se acabara con las insurrecciones de Hispania y de los Alpes.

La paz se simbolizó cerrando las puertas del Templo de Jano Quirino, que se mantenían abiertas durante el tiempo en que Roma estaba en guerra y, anteriormente, solo habían estado cerradas en dos ocasiones desde la fundación. Para confirmar la gran destreza en política exterior de Augusto, no se puede dejar de mencionar que él mismo volvería a cerrar las puertas de este templo en dos ocasiones más durante su mandato, en el año 25 a.C. y en el año 13 a.C.

Poco a poco, este estado se fue inculcando en el pueblo y se empezó a publicitar el concepto de paz, que tuvo su proclamación con la ceremonia y el levantamiento del Ara Pacis. Tanto es así, que este período se extendió durante doscientos años y algunos historiadores marcan su final en torno al 180-190 d.C.


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