lunes, 8 de diciembre de 2014

Cuadernillos de repaso: Segunda declinación griega

Hoy continuamos con nuestra serie de cuadernillos de repaso de las declinaciones griegas. En esta ocasión, tratamos la Segunda declinación.

Como en el cuadernillo anterior, vamos a seguir el esquema de tres tipos de ejercicios.

En la primera parte, tendremos que declinar una serie de palabras que obedecen a distintos paradigmas que se pueden encontrar en la Segunda declinación griega. De esta manera, practicaremos algunas alternativas en la declinación y, además, afianzaremos las terminaciones en nuestra cabeza.

A continuación, tendremos que practicar la acentuación de las palabras que hemos declinado. Para ello, como la vez anterior, conviene tener en cuenta las reglas de acentuación griega o comprobar la entrada donde se explican.

Finalmente, para reunir toda la teoría en un único sitio y poder releerla de un solo vistazo, tendremos que contestar a una serie de preguntas.


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lunes, 1 de diciembre de 2014

Anécdotas Romanas (IX): De cuando César lloró ante Alejandro Magno

¿Os imagináis que una personalidad como César, un hombre promovido por la ambición y que miraba siempre hacia delante, podía llegar a llorar? Pues parece que así fue, o eso nos cuenta Suetonio en su Vida de los Doce Césares.

En su libro, el docto historiador nos cuenta que César logró ser nombrado cuestor de la Hispania Ulterior en el año 69 a.C., momento en que tendría unos 32 años, y en una de sus actividades fue a la ciudad de Gades, actual Cádiz.

Allí había un templo dedicado a Hércules y, cerca de él, una estatua inmensa dedicado al inconmensurable Alejandro Magno, el gran general griego que había hecho de Grecia todo un imperio que llegaba hasta los lejanos confines de Asia.

César no dudó en visitar el sitio y presentar sus respetos a la representación inmortal del hombre que admiraba profundamente. Sin embargo, mientras la contemplaba, se dio cuenta de algo muy importante: ¡Alejandro Magno, a la edad de 33 años, había creado todo un imperio desde la pequeña Macedonia!

Este hecho le turbó profundamente, reprendiéndose no haber realizado nada digno de comparación. Así, acto seguido, dimitió de su cargo, que no confiara que le fuera a acarrear ningún tipo de gloria, y marchó de nuevo a Roma con la confianza de encontrar un asunto loable.

Fue otro historiador, Plutarco, quien le añadió más dramatismo al asunto, agregándole que lloró profundamente. Sin embargo, no lo atribuye a sus años de cuestor en Hispania, sino a sus años de pretor (63 a.C.), y que se dio cuenta cuando leía ciertas partes de una biografía de Alejandro Magno.


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lunes, 24 de noviembre de 2014

Expresiones latinas (III): Veni, vidi, vici

Imaginaos a un César triunfante después de ganar una Guerra Civil que tenía todas las de perder y que, claro está, era contra el Senado romano y su “enemigo íntimo” Pompeyo. Añadidle a la ecuación, además, entrar en Egipto y conseguir deponer a un faraón, Ptolomeo XIII, por otro, su amada Cleopatra y hermana de este último. Agreguémosle, además, la celebración de cinco triunfos seguidos por un destacado mérito en el arte militar, ¡cuatro de ellos celebrados en el mismo mes!

No sé en vuestra mente, pero en la mía, César no podía estar otra cosa que venido muy, muy arriba y que pronunciara esta frase para coronar una batalla que ganó prácticamente sin pestañear, tiene todo el sentido del mundo. Hay que reconocerlo.

La batalla tuvo lugar contra Farnaces II, hijo de Mitrídates VI –famoso por una entrada anterior de este mismo blog-, y se buscaba castigar a sus seguidores a la vez que quitarlo del medio a él, ya que estaban tratando de soliviantar a la parte de Asia controlada por Roma para que se levantara contra la el poder romano.

César, ni corto ni perezoso, marchó contra él al mando de tres legiones y destrozó por completo al ejército del impetuoso Farnaces, compuesto de veinte mil hombres y situado cerca del actual pueblo de Zile, Turquía, y dejó que los pocos supervivientes huyeran para, quizá, quién sabe, contar cómo ocurrió la estrepitosa derrota y darle más gloria a los vencedores romanos.

Cuentan los historiadores de la época –Suetonio, Plutarco- que la batalla, y por tanto la victoria, se llevó a cabo con tanta celeridad, que César reflejó sus pensamientos acerca del encuentro en una única frase, que recogió en una carta que recibiría su amigo Amincio y que debía leerla ante el Senado romano.
Esta frase fue:


En latín, como todos –o casi todos- ya sabemos, significa “Vine, vi y vencí” y quiere decir que, un asunto que en teoría debería ser trabajoso, se ha sobrepasado no solo con prontitud, sino también sin llevarse rasguño alguno.

Cuenta Plutarco que, cuando le concedieron otro triunfo por esta victoria –la importancia política fue extrema, ya que los habitantes del local no volvieron a amenazar el poder de Roma-, entre los ornamentos había carteles con estas mismas palabras, como si fueran pancartas.

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lunes, 17 de noviembre de 2014

Cuadernillos de repaso: Primera declinación griega

La entrada de hoy la vamos a dedicar a repasar la primera declinación griega con una serie de actividades que van a recoger gran cantidad de ejemplos de declinación, la práctica del acento y toda la teoría relacionada.

Así, en el documento pdf que veis más abajo, tenemos una serie de actividades divididas en tres partes.

La primera de ellas consiste en declinar todas esas palabras que veis ahí. Se han escogido palabras que pertenecen a los diferentes paradigmas de la primera declinación para que se tenga la oportunidad de declinar, al menos, dos o tres pertenecientes al mismo esquema. De esta manera, afianzaremos la práctica de declinar la primera declinación y las terminaciones en nuestra cabeza.

La segunda parte consiste acentuar esas palabras que hemos declinado correctamente. Hay que acordarse o comprobar las reglas para la acentuación griega antes de comenzar, que son un poco distintas de la latina.

Por último, hay una serie de preguntas que permiten recoger toda, o casi toda, la teoría relacionada con la primera declinación griega y tenerla bien resumida.

Cuando terminemos, la idea es que tendremos disponible un pequeño cuadernillo que podemos dejar a mano como un manual de consulta rápida, si es que tenemos alguna duda.




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lunes, 10 de noviembre de 2014

Siglas en Latín (IV): P.S. (Post Scriptum) y P.D. (Post data)

La “Post data” (o “posdata”) y el “Post scriptum” son dos expresiones que hemos visto y usado a lo largo de toda nuestra vida, probablemente, sin contemplaciones. Las hemos visto en cartas, las hemos visto en emails, las hemos visto en series, en películas, en títulos de libros, a gente diciéndola por la calle por fardar…

Sin embargo, ¿de verdad sabemos lo que significa exactamente cada una y cómo deberían usarse? Eso me pregunté yo una vez: cuál era la diferencia. Y después de buscar un poquito, he escrito esta entrada para compartir lo que he encontrado al respecto.

P. S. o “Post scriptum”


El significado de esta expresión no es muy difícil de adivinar, ¿verdad? Básicamente significa “Después de lo escrito” y, tradicionalmente, se ha usado como una nota a añadir detrás de una carta.

Esto es, después del nombre del remitente, de la fecha y del cuerpo del mensaje en sí mismo, se puede rematar el escrito añadiendo una pequeña nota, ya sea por olvido o porque se trata un tema totalmente diferente o solo se le quiere dar una pincelada.

Sin embargo, por su significado, podemos deducir que no está restringido a una carta, sino que bajo esas siglas se puede añadir notas a cualquier tipo de escrito, desde un relato, a un libro, a un ensayo o a una entrada de blog.

Además, da más libertad, en teoría, respecto al uso de la “posdata”, como veremos en un momento.

P. D. o “Post data”


A primera vista, descifrar qué significa esta locución es un poquitín más complicado, ya que en español no tenemos ninguna palabra parecida a “data” para referirnos a la fecha. Porque “fecha” es lo que significa “data” en latín, que el inglés, por ejemplo, tomó prestada para su palabra “date”, que sí que significa fecha.

Por tanto, esta expresión latina significa “después de la fecha” y, de nuevo, se ha empleado tradicionalmente para añadir algo al final de un escrito. Como la anterior, bajo estas siglas se añade cualquier comentario por olvido o por querer tratarse, a voluntad del escribiente, aparte del cuerpo del mensaje.

Sin embargo, pensemos un poco. Si “post data” significa “después de la fecha”, esta expresión debería usarse para añadir anotaciones a escritos que tuvieran la fecha abajo, al final del mensaje, ¿no?

Por tanto, no debería emplearse para cartas o documentos que tengan la fecha en el encabezado o en la parte de arriba, ya que, en cierto modo, ¡nos estaría obligando a escribir la nota incluso antes de empezar el cuerpo del mensaje!

Por ejemplo, en la tradición española, muchas cartas empiezan con el nombre del remitente arriba a la izquierda y, justo a la derecha, un poquito más abajo, se pone la fecha, por lo que el uso de esta expresión debería quedar anulada si pensamos utilizar una nota al pie.

No obstante, en el caso de que optemos por incluir la fecha abajo, al final del escrito, emplearía entonces esta expresión.

De este modo se diferencia el uso de ambas expresiones y, atendiendo al significado de la lengua originaria, quedaría todo mucho más correcto.
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lunes, 3 de noviembre de 2014

Anécdotas Romanas (VIII): De cuando César le dijo a los piratas "porque yo lo valgo".

Julio César y los piratas es todo un clásico del anecdotario romano y nosotros no podíamos faltar a nuestra cita con ella. Así, en efecto, nuestro viejo conocido tuvo un encuentro fortuito con estos amables y educadísimos asaltantes de los mares que la historia, a través de la pluma de Plutarco, ha tenido a bien recordarnos para siempre.

A mi entender, es uno de los episodios más carismáticos de este hombre, ya que no solo se combina en él una chulería que no tiene límites, presumiendo sobre su persona y arriesgando a que le corten el cuello, sino unas maneras y un saber estar que te hace adorarlo un poco más al tiempo de querer meterle un guantazo. Pero empecemos, así lo entendéis.

Sobre el año 72 a. C. y tras ser elegido pontifex (sacerdote), César decide viajar a la isla de Rodas para ampliar su formación retórica y filosófica bajo el cuidado del sabio Apolonio Molón. Durante el viaje, sin embargo, el barco donde viajaba fue asaltado a la altura de la isla de Farmacusa por unos piratas, que sin contemplaciones tomaron a toda la tripulación, incluído a Julio, como rehenes y pidieron un rescate por cada uno de ellos. Traficar con vidas: sin duda una bonita forma de hacer dinero.

De cualquier manera, por Julio César los piratas decidieron pedir unos veinte talento de oro, que en peso equivalía a unos 26 kilos. Como podéis ver, no era una cifra para tomarse a risa, pero César sí que lo hizo. Se partió en su cara y, con toda la poca vergüenza, les dijo que él mismo estaba dispuesto a darles 50 porque si supieran quién era él pedirían más.

La cosa, no obstante, quedó en 20 y entonces se pusieron manos a la obra para pedir el rescate a los amigos de César. Durante el tiempo que tardaron en reunirlos, unos 38 días en total, Plutarco nos cuenta que, “más que preso, estuvo guardado”, porque el chico hacía más bien lo que le daba en gana. Tuvo tiempo de pasearse, tuvo tiempo de escribir, tuvo tiempo de escribir discursos y tuvo tiempo incluso de tratarlos como borricos porque no aplaudían cuando él les leía sus escritos en voz alta o mandarles que se callaran porque se iba a dormir.

Una de las amenazas que el joven César les decía entre risas era que el día que consiguiera escaparse iría tras ellos, los cazaría y los crucificaría. Los piratas se reían de estas gracietas –eso pensaban que eran- y pensaba que serían producto de la juventud o del apresamiento. Lo que no sabían es que se haría realidad.

Una vez que llegaron de Mileto los amigos del futuro dictador trayendo los talentos, lo pusieron en libertad y lo llevaron al puerto del puerto de aquella ciudad. Entonces, organizó una partida con la que les dio caza y llevó a los capturados a la prisión de Pérgamo, quedándose el dinero del rescate para él, como legítimo botín. Fue entonces en busca de Junio, que gobernante de Asia, para que castigara a los piratas, pero el otro hizo caso omiso y más pensó en el dinero que había recogido de César.

Le dio permiso a Julio para que hiciera lo que quisiera con ellos y, como había prometido, los hizo crucificar, aunque cuentan que, gracias a su “carácter compasivo” los hizo degollar antes, para que se ahorraran sufrimiento.


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