lunes, 6 de abril de 2015

Anécdotas romanas (XIII): Las últimas palabras de César Augusto

No cabe duda de que una personalidad como Augusto, que fue tan complicada, tan querida, tan cambiante y tan crucial para la historia de Roma y del mundo, tenía que tener unas últimas palabras a la altura de las circunstancias.

En público, las últimas palabras que pronunció hacen referencia a la reconstrucción total y a la mejora al que sometió la capital romana, mejorando sus construcciones públicas y servicios en todos los aspectos, embelleciéndola además. Este testimonio, como viene siendo habitual, nos lo transmite el historiador Suetonio, y Augusto dijo así:

Marmoream relinquo, quam latericiam accepi
(Dejo una (ciudad) de marmol, aunque me la encontré de ladrillo.)

Sin embargo, el Princeps murió el 19 de agosto del año 14 d.C., curiosamente en el mes que él mismo había bautizado con el nombre que le había otorgado el senado, y Tiberio y Livia, además de algunos íntimos, se hallaban presentes en su lecho de muerte.


Allí no dejaba de preguntar si el pueblo estaba enterado de su estado y de si estaba armando algún jaleo en el exterior, debido a la angustia y la incertidumbre, quizá. Para que no se notara cómo estaba, pidió un espejo y arreglarse el cabello.

En sus últimos momentos de lucidez, a sus amigos les preguntó "si había representado bien la farsa de la vida". En latín:

ecquid iis videretur mimum vitae commode transegisse, adiecit

Y para terminar de comparar el vivir con representar una obra de teatro, agregó, se dice, en griego la frase con la que acaban las comedias:

εὶ δέ τι
Ἐπεὶ δὲ πάνυ καλῶς πέπαισται, δότε κρότον
Καὶ πάντες ἡμᾶς μετὰ χαρᾶς προπέμψατε.

Que se puede traducir, más o menos, como

*

Sin embargo, después de mandar a todos retirarse excepto a Livia, su tercera esposa y, seguramente a pesar de todo a quien más quiso, le dedicó unas palabras exclusivas:

Livia, nostri coniugii memor vive, ac vale
(Livia, recuerda nuestro matrimonio, y adiós.)


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lunes, 23 de marzo de 2015

Tutoriales Audacity (I): Eliminar el ruido de fondo con Audacity

Hoy retomamos el apartado de los tutoriales en el blog y, para ello, nada mejor que hacerlo cambiando de tercio.

Estas últimas semanas he estado experimentando con un programa tan útil como gratuito, cosa que siempre viene bien, y que permite realizar grabaciones y editar el sonido a nuestro antojo. Hablo, nada más y nada menos, que del programa de software libre conocido bajo el nombre de Audacity.

Este es uno de los programas más usados en todo el mundo por aquellos que quieren grabar y editar música, podcasts, ejercicios de escucha (listening) o  cualquier vídeo para colgar en Youtube y será el que empleemos en este tutorial.

Instalando Audacity


Antes de comenzar, es necesario que instalemos esta pieza de software en nuestro ordenador. Para ello, lo más recomendable es dirigirse a la página del equipo y, dentro de ella, a la sección de descargas. De esta manera, puedes leer las notas de instalación, la compatibilidad u otras cosas relativas a Audacity.



Pero si no quieres perder el tiempo, haciendo clic en el botón rojo de aquí abajo, puedes descargarlo también:



Una vez que esté descargado en nuestro ordenador, no tenemos más que seguir los pasos que se nos indican y estará instalado en un periquete.

Grabando nuestra pista de audio


Realizar una grabación con Audacity resulta de lo más simple, ya que su interfaz no es muy complicada y con un solo clic de ratón podremos conservar cualquier sonido que queramos. 

Lo mejor de todo es que no solo podemos capturar el sonido de un micrófono, sino también el del interior de nuestro ordenador, pero de eso hablaremos en una entrada futura.

Para comenzar a grabar lo que escucha nuestro micrófono, primero deberemos seleccionar el dispositivo de grabación correcto. Estas opciones las encontraremos justo debajo del cuadro de controles de arriba a la izquierda.


Desplegando el menú que encontramos junto al icono del micrófono, elegiremos el que corresponda. En mi caso, grabo con el micrófono USB Samson Meteor, de calidad de estudio y que puedes conseguir por un precio módico.

Una vez seleccionado, basta con solo presionar el botón de grabar.

MEGA CONSEJO
Una de las cosas más útiles que he encontrado mientras "bicheaba" el programa y leía en internet, es comenzar nuestra grabación con dejando un poco de silencio al principio y, poco después. hacer sonidos que preveamos que van a ocurrir. Por ejemplo, arrastrar la silla o cliquear con el ratón.




Eliminando el ruido de fondo

Después de grabar nuestro sonido y de haber dejado ese comienzo en blanco, el siguiente paso es extraer un perfil de sonido para que Audacity detecte cuál es el sonido de fondo a eliminar.

Para eso, vamos a proceder a seleccionar una buena parte de ese comienzo en blanco. Para ello, basta con arrastrar el ratón por encima.




A continuación, en el menú Efecto de la barra superior, elegiremos la herramienta "Reducción de ruido" y, una vez dentro, con nuestra fracción aún seleccionada, haremos clic en la opción "Obtener perfil de ruido."



La herramienta se cerrará y nosotros deberemos seleccionar nuestra pista de audio completa. Esto puede hacerse a través del menú "Editar" y luego a través de la herramienta "Seleccionar" y su opción "Todo".



Finalmente, tendremos que abrir, de nuevo, la herramienta de reducción de ruido y, esta vez, con nuestro perfil ya conseguido, haremos clic en "Aceptar". Las opciones pueden dejarse tal y como están, aunque se puede jugar con ellas para conseguir ciertos efectos.

Ahora nuestra grabación, por completo, debería escucharse mucho más limpia.

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lunes, 16 de marzo de 2015

El último día de Julio César

Cayo Julio César se disponía a abandonar su morada entre las súplicas de su esposa para que se quedara. Ambos habían dormido mal aquella noche y la razón había sido la misma: habían tenido sueños en los que el César moriría. Estos sueños coincidían con los muchos prodigios que se habían sucedido los días anteriores, avisos inconfundibles de que algo inevitable ocurriría, y el arúspice Spurinna había sido quien lo había formulado inequívocamente: el día de los Idus de marzo, algo terrible sucedería.

Julio en un principio no lo había creído. Él no albergaba una confianza seria en lo que ningún adivino de tres al cuarto tuviera que decir, así que no le había dedicado ninguno de sus pensamientos. Pero hoy le preocupaba, cuanto más porque había oído rumores de que una conspiración contra su persona se llevaba tramando durante meses. Dudaba entre si ir al Senado o postergar sus quehaceres hasta la jornada siguiente. Pero como el mismo decía, “Solo se ha de temer al miedo”, así que tomó la resolución final de ir.

De camino al Senado, a tirones lo paró un desconocido, guiado por la fe en la política del dictador romano, y le entregó un documento sellado. Le dijo que era solo para sus ojos y que lo leyera cuando antes, ya que ahí le revelaba un asunto que era de vida o muerte. Sin embargo, el altivo dictador miró a su conciudadano con condescendencia y traspapeló el escrito entre otros documentos que llevaba en su mano.

Con una daga en el pescuezo, a cualquiera se le pasa la chuleria.
Conforme atravesaba las ruidosas y populosas calles de Roma, el dictador fue ganando confianza en sí mismo y en la suerte favorable de su hado. Que un plácido sol le acompañara y le calentara el rostro ayudaba a transmitirle la paz y la tranquilidad que necesitaba. Así, cuando se encontró al reputado arúspice Spurinna, no pudo evitar burlarse de sus retorcidas predicciones y le espetó: “Sabio, ya han llegado los Idus y todavía no me ha sucedido nada malo”. El otro, con una media sonrisa, le respondió: “En efecto, pero aún no han pasado.”

Sin embargo, César prosiguió su camino con decisión, quizá retorciéndose entre nervios en su interior, y pronto llegó a las escaleras del Teatro de Pompeyo y pasó por debajo de sus puertas. El edificio lucía espléndido y los ladrillos lucían ambarinos bajo el pálido sol. Las puertas de bronce brillaban como dos soles que daban la bienvenida al primero de los Césares.

Allí le esperaban para saludarle los novecientos senadores con los que contaba el Senado romano, y el primero que se acercó fue Tulio Cimber, el encargado de dar comienzo a la afunción. Su función sería entregarle una petición, escrita por ellos, en la que le pedían que retirase las leyes que había enunciado y con las que les restaba poder al Senado. Era la excusa con la que los Senadores habían convocado aquella reunión, pero su verdadera función era cogerle de la toga para que no escapara. Y así lo hizo, tan fuerte, que César intentó zafarse en varias ocasiones, pero no pudo.

“Ista quiden vis est?”, exclamó el dictador (“¿Qué violencia es esta?”), y entonces uno de la familia de los Casca, que se acercó corriendo por la espalda, fue el primero en atreverse a herirle con su puñal. Para que no gritara y alertara a la guardia, no dudó en asestarle el golpe en la garganta, por donde empezó a desangrarse rápidamente. No obstante, César trató de defenderse, sacando él mismo su punzón y atravesándole el brazo a su atacante, pero rápidamente comprendió que cualquier esfuerzo sería inútil.

<<ἀδελφέ, βοήθει!>>, fueron las siguientes palabras que escuchó César, y que salieron de la boca del mismo Casca. En griego, significan “Socorro, hermanos”, y era el código que daba comienzo al alzamiento. En un instante, cuando miró alrededor suyo, las dagas ansiosas de su sangre estaban alzadas por todas partes. Detrás, las túnicas blancas de los Senadores que habían trabajado con él todo con codo y, por encima, sus caras henchidas de la alegría del triunfo. Entonces, se envolvió la cabeza en la toga, protegiéndose, y el acero, frío como el hielo, le atravesó veintitrés veces más, resistiendo valientemente todas las embestidas, sin proferir ni un solo grito.

Marco Antonio visiblemente afectado por la muerte de Julio César
Nunca supo qué manos fueron las que le asestaron las puñaladas, pero algunos escritores han referido lo contrario. Sí supo al menos una, la que le propinó Marco Junio Bruto, su propio hijo adoptivo, y que tuvo el valor de amonestarle, entre susurros, con la desesperación de la muerte cerniéndose sobre él: “Tú también, hijo mío…”

Una vez muerto, los alzados saltaron de alegría. Habían trazado este plan durante meses, el de asesinar a César y liberar así a Roma de su política populista, que durante los últimos meses se había tornado cada vez más y más corrupta y egoísta. La fecha programada había sido la de los Idus de marzo de ese mismo año y, quién lo iba a decir, se había cumplido. Ahora podían llamarse a sí mismos, con mucho más respeto, con el título que ellos mismos se habían impuesto: “Liberatores.”

Pero por mucha libertad que buscaran sus corazones, un asesinato no dejaba de ser un asesinato, y más el de la cabeza visible del estado. Sabían que muchos buscarían la caída de sus cabezas también por este magnicidio. Así, todos huyeron en un abrir y cerrar de ojos y César quedó durante mucho tiempo tendido en el suelo, frío y rígido, hasta que dos esclavos leales tuvieron el valor de montarlo en una litera y llevarlo a su casa.



Marco Antonio y Augusto, cada uno por su parte, iniciarían su cruzada personal por los asesinos.

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lunes, 9 de marzo de 2015

Augusto, artífice de la Pax Romana

Augusto no era un tipo muy conocido en su juventud por ser una persona delicada en sus maneras para conseguir las cosas. De hecho, muchos de sus “movimientos políticos” de juventud los hizo por la fuerza, por extorsión, por tráfico de influencias o, a veces, por asesinato y por la guerra.

La causa que nos ha transmitido la historia para darle excusa a esta acritud en el carácter fueron las ansias de venganza y el esclarecimiento del legado de su querido tío y padre adoptivo Julio César, al cual quedó estrechamente ligado –incluso monetariamente hablando- después de ser nombrado en su testamento.

Sin embargo, todo hay que decirlo, con el establecimiento de su mandato sin competidores, tras ser nombrado Princeps – Primer ciudadano -, poco a poco su carácter se fue ablandando. Algunos piensan que ocurrió porque su cruzada personal acabó, otros por las circunstancias del momento y otros por consejo de sus íntimos en asuntos del estado. Pero fuera como fuese, lo cierto es que fue Augusto quien dio inicio al momento histórico que se conoció como Pax Romana, que algunas veces se llama Pax Augusta en honor a él.


Este período pacífico –que no fue tan pacífico como se cuenta y aquí lo explicaremos más detalladamente- se inició en el año en el año 29 a. C., después de que se proclamara la victoria contra Marco Antonio en Actium y se acabara con las insurrecciones de Hispania y de los Alpes.

La paz se simbolizó cerrando las puertas del Templo de Jano Quirino, que se mantenían abiertas durante el tiempo en que Roma estaba en guerra y, anteriormente, solo habían estado cerradas en dos ocasiones desde la fundación. Para confirmar la gran destreza en política exterior de Augusto, no se puede dejar de mencionar que él mismo volvería a cerrar las puertas de este templo en dos ocasiones más durante su mandato, en el año 25 a.C. y en el año 13 a.C.

Poco a poco, este estado se fue inculcando en el pueblo y se empezó a publicitar el concepto de paz, que tuvo su proclamación con la ceremonia y el levantamiento del Ara Pacis. Tanto es así, que este período se extendió durante doscientos años y algunos historiadores marcan su final en torno al 180-190 d.C.


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lunes, 2 de marzo de 2015

Anécdotas romanas (XII): César Augusto y la Cámara Secreta

La pequeña ciudad de Velletri, un pequeño pueblo costero del centro de la península Italia, no supo, hasta casi tres décadas después, que en un momento de la historia acogió el nacimiento del que sería el primer Emperador de Roma.

Allí se remontaba la familia del que nacería bajo el nombre de Cayo Octavio Turino y que luego sería conocido simplemente como Augusto. Allí se escapaban, cada vez que podían, de los bullicios y los negocios de la Ciudad eterna.

Así, presumiblemente, muchos soles vio apagarse Augusto entre aquellas colinas y entre aquellas costas y tomó sus primeros alimentos entre las paredes de la casona que su familia había heredado de sus antepasados, que gozaban de la comodidad económica propia de su orden, el ecuestre.

Con el tiempo, toda la familia se mudó y los deberes de gobierno ataron al Emperador a la capital, por lo que la casa se puso en venta. Sin embargo, Augusto estuvo tocado por el hado, el destino, antes de su nacimiento, y algunos lugares en los que pasó gran parte de su vida se consideraban sagrados.

Uno de ellos, puesto que había sido el lugar donde había tomado sus primeras comidas, fue la pequeña cámara donde le lactaron. En los alrededores también se creía que había nacido allí, aunque muchos historiadores dicen que probablemente naciera en Roma.

En esta cámara, nos cuenta Suetonio, no era posible entrar a menos que fuese por extrema necesidad y con el mayor respecto, sin la intención de dañar la vivienda o la memoria del Emperador, ya que, si esto sucediera, el asaltante se vería fatigado por una mezcla de horror y de temor inexplicables. Así se creía y así se confirmó mediante el siguiente hecho.

Un día, después de que se vendiera la vivienda, el nuevo propietario intentó acostarse dentro de su nueva casa y en concreto en esta pequeña habitación. Inexplicablemente, al poco tiempo una fuerza sin nombre lo lanzó contra el techo y después lo arrojó delante de la puerta de la casa.


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lunes, 2 de febrero de 2015

Anécdotas romanas (XI): César, Escipión Salución y el oráculo de los dioses

La tradición nos ha transmitido algunas frases y acciones de Julio César en la que se le ve como un descreído de la religión. Esto incluye, por supuesto, la devoción hacia los dioses o ser un practicante activo de la misma.

Sin embargo, la religión romana es un tema muy interesante y bastante complicado y, si muchas veces nosotros mismos nos santiguamos, aunque sea solo por si acaso, los romanos trataban ciertos aspectos también de la misma manera.

En esta ocasión, el implicado en este “por si acaso” es, claro está, César y la anécdota que vamos a contar ocurrió un tiempo después de haber muerto Pompeyo, su gran enemigo y amigo.

La acción transcurre todavía en África. César asola aquellas tierras llenas de calor y de arena en una persecución incansable contra los que se opusieron a que él fuera cónsul por segunda vez, provocándole así a suscitar a las masas romanas en una Guerra Civil por el poder.

Sus enemigos, Catón y Escipión, no se dejan coger y presentan batallas aquí y allá, defendiendo el poco territorio que les queda y rechazando, con esfuerzo, las legiones cesarianas en algunos escenarios e incluso provocándole un gran traspiés en Ruspina.

Dicen las lenguas que la razón es que los escipiones, en concreto aquellos bajo el cognomen “Africano”, nunca podrán ser derrotados en la tierra que les dio aquel nombre. Y aunque pueda parecer mentira, este hecho agobiaba Julio César y comenzaba a desesperarlo.

Tanto es así que cuenta Plutarco en sus Vidas paralelas que el general reclutó para sus filas a un ciudadano que se llamaba Escipión Salución, y que tenía parientes entre la familia de los Africanos, por lo que esperaba que ese oráculo lo tuviera también de su parte.

Cuenta el historiador que no sabe si esto lo hizo para burlarse de Escipión y hacer que aquel no contara con el oráculo o si lo quiso hacer, realmente, por tener a los dioses de su parte, pero lo que está más que claro es que este Salución iba al primero en todas y cada una de sus batallas.

Así, aunque no era general, lo mandaba por delante de todos los soldados, mandándole provocar al ejército enemigo y hacer que entablaran batalla bajo el pretexto de que se acababan las provisiones y la guerra debía acabar con toda la celeridad posible.

Fuentes: 

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